Adriana Argudín Palavicini
En las primeras semanas del presente mes, después del brote del virus de la influenza, todo parece volver a la normalidad con la reanudación de varias de las actividades que fueron suspendidas por razones sanitarias. Sin embargo, no hay que echar las campanas a vuelo. Todavía tendremos que sufrir peores pérdidas en lo que a nuestra economía se refiere, pues la crisis financiera mundial sigue su camino. Ya desde fines del año pasado nuestra economía se viene resintiendo por la súbita y fuerte contracción de la demanda de nuestros productos en el extranjero, sobre todo, por clientes tan poderosos como los Estados Unidos. Ahora, se suma un gran costo económico para el país –se nos dice- en virtud de las medidas que tuvieron que tomarse para evitar la propagación rápida y masiva de la infección, por lo que se requerirá de mayores sacrificios, de más trabajo, entrega y creatividad de los mexicanos.
Un recuento hecho por funcionarios del gobierno revela que la industria turística nacional (hoteles, restaurantes, líneas aéreas, industria del entretenimiento, bares, cantinas, teatros, antros, etc.) resultó seriamente golpeada por las medidas sanitarias que hubieron de tomarse. Se nos revela, además -cosa que muy pocos sabíamos-, que esta industria representa la tercera fuente de divisas para México (después de la exportación de petróleo y de las remesas que mandan nuestros paisanos), y que es fuente de sostenimiento de más de tres millones de familias mexicanas.
Con estos resultados y, claro, con el aval de los autores del estudio, los empresarios del ramo turístico solicitaron y obtuvieron sin mucha dificultad, un significativo apoyo económico del gobierno: facilidades extraordinarias para el pago de sus obligaciones fiscales, condonación del impuesto sobre la nómina, permiso para reducir los salarios abonados a los trabajadores, apoyo de todo tipo para volver a poner en funcionamiento sus negocios y dinero, mucho dinero en efectivo, a manera de subsidio directo para resarcirlos de sus pérdidas y en forma de un abultado presupuesto para una costosa campaña mundial en favor del turismo de gran altura.
A esta campaña de recuperación del sector turístico también tuvo que sumarse la Secretaría de Educación Pública que, en un inicio, había declarado la necesidad de prolongar dos semanas el fin del actual ciclo escolar para medio recuperar el tiempo perdido con motivo de la alerta sanitaria. Sin embargo, como si se tratara de la defensa de la patria ante una incursión enemiga, el secretario de Educación Pública, Alfonso Lujambio, tuvo que echar marcha atrás ante el feroz ataque de los empresarios del ramo turístico, apoyados incondicionalmente por prácticamente todos los medios informativos, y dejar como fecha del fin de cursos la misma que en años anteriores. Con tal resolución, quedó muy claro que sobre la educación de nuestros hijos sólo se impone ¡el dinero!
Pero, todavía hay más. La revocación del decreto que intentaba salvar bien el ciclo escolar reveló también que, contrario a lo que muchos creíamos, quienes verdaderamente sostenemos a la industria turística nacional somos los mexicanos y no los turistas extranjeros. Más del 80 por ciento de los ingresos de esta actividad –dijo el Presidente Felipe Calderón ante un grupo de mexicanos distinguidos a quienes convocó a sumarse a la campaña para reactivar el turismo-, proviene del turismo nacional. ¡He aquí la razón de tanto alboroto ante la sola idea de retrasar dos semanas las vacaciones escolares de verano! Pero, si esto es así, ¿por qué tanto interés para atraer al turismo extranjero? Simple y sencillamente porque las principales inversiones en este ramo son de extranjeros. Se trata, pues, no de salvar de la crisis a empresas mexicanas dedicadas al turismo, sino de salvar a empresas extranjeras cuyas utilidades, tan pronto se generan en México, viajan a los países de origen de sus dueños. Los mexicanos ponemos todo -o casi todo-, incluidos los clientes que más ingresos aportan.
miércoles, 22 de julio de 2009
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